lunes, 5 de mayo de 2014

El experimento de Milgram; ¿Puede la obediencia convertirse en crueldad?

Un joven psicólogo pone un anuncio en el periódico. Solicita voluntarios para un experimento y ofrece cuatro dólares a quien se preste a participar. Es un anuncio engañoso. Se dice que es un experimento para evaluar la memoria, pero lo que realmente se quiere poner a prueba es la obediencia o la resistencia a la autoridad de los participantes.
Durante el experimento  cada voluntario es emparejado con otra persona,  asignándoles un rol al azar. Uno será el profesor y el otro el aprendiz. A continuación, se les pone en habitaciones separadas.
El procedimiento es simple: el profesor formula una pregunta al aprendiz y debe castigar cada respuesta errónea con una descarga eléctrica. El sistema de descargas funciona mediante un generador que trasmite la electricidad a través de unos electrodos conectados al brazo del aprendiz. A cada respuesta equivocada deberá aumentar progresivamente la potencia de la descarga.
Para demostrarle al “profesor” que el mecanismo funciona, el investigador le aplica la descarga de mínima potencia, así comprueba en su propia carne el castigo que aplicará al aprendiz.
El investigador, con su bata blanca, es quien da las instrucciones convirtiéndose en la autoridad de referencia para los participantes. Las primeras descargas no representan ningún problema: el profesor pulsa el interruptor sin vacilar…Pero con los primeros gritos su tarea se vuelve cada vez más dura. Algunos “Profesores” dudan: saben que están infligiendo dolor…Las voces de los aprendices pidiendo que los saquen de allí cada vez son más fuertes. La situación se vuelve muy tensa.
Cuando alguno de los profesores manifiesta su intención de abandonar, el investigador insiste, pero ni siquiera alza la voz: <<Venga, continúa>>. Estas simples palabras son suficientes para que el 65 por ciento de los participantes lleve el  experimento hasta el final.
Sólo unos pocos deciden que no quieren seguir adelante. Pero a pesar del progresivo aumento de los gritos de los aprendices, dos de cada tres voluntarios aplican la descarga de máxima potencia…sabiendo que existe un grave peligro para el que la recibe.
Sin embargo, no todo es lo que parece…El “profesor” voluntario no sabe que el “aprendiz” al que  teóricamente ha estado maltratando es sólo un actor. Sus gritos y súplicas son pura comedia, una simulación de dolor que supuestamente aumentan al aumentar la intensidad de las descargas eléctricas.
La repartición de roles ha sido amañada para que todos los voluntarios ejerzan de profesores y todos los actores, de aprendices. Es una estrategia para que los voluntarios piensen que a los que se está poniendo a prueba son sus compañeros.
Este experimento se llevó a cabo en la Universidad de Yale a principios de la década de 1960.  Y a pesar del truco que algunos tacharían de siniestro, los resultados fueron muy reveladores. Sometidos a una autoridad, las personas normales y corrientes pueden llegar a actuar con una crueldad inesperada.
Tras estudiar estos resultados los investigadores llegaron a una conclusión: El secreto para entregarse a la crueldad es desprenderse de la responsabilidad: libres del sentido de culpa aparece el lado más oscuro de la naturaleza humana.
En definitiva, podemos afirmar que aunque este experimento resultó sorprendente por las graves consecuencias que nos enseña, también nos da mucha información sobre la autoridad y sobre la distancia hacia los hechos dramáticos que podemos llegar a provocar; si estás lejos de la persona que sufre tus actos, si no eres realmente consciente de las consecuencias de tus acciones, si estás lejos de la persona real a la que infliges daño, resulta más fácil hacer cosas horribles simplemente porque te lo mandan. 


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