domingo, 5 de enero de 2014

El cerebro reptil




El término “cerebro reptiliano” conocido también por muchas personas como cerebro reptil fue empleado por Paul MacLean cuando definió lo que se conoce como la teoría de los tres cerebros. Según Paul existían tres cerebros separados (reptil, paleomamífero también llamado límbico y neomamífero o neocórtex). Estos tres cerebros se encontrarían en permanente comunicación, aunque conservarían cada uno un funcionamiento autónomo, con su propia inteligencia, memoria y sentido del tiempo. Tan sólo en los mamíferos superiores (primates y ser humano) estarían presentes los tres cerebros, en otros seres vivos como las aves, los anfibios, los reptiles y los peces encontraríamos sólo el “cerebro reptil”. 
¿Pero, qué es realmente el cerebro reptiliano? 
Pues bien,  cuando hablamos de cerebro reptil nos referimos a la parte más primitiva de nuestro cerebro, la que se remonta a más de doscientos millones de años de evolución y  que nos conecta con el hombre primitivo. Dirige parte de nuestro comportamiento y es responsable de algunos de nuestros ritos y costumbres. Aquí se procesan los instintos básicos de la supervivencia, como el deseo sexual, la búsqueda de comida, o las respuestas agresivas y pasivas, tipo lucha o huída.  Respuestas que tienden a ser automáticas y programadas.
Muchos experimentos han demostrado que gran parte del comportamiento humano, se origina en zonas profundamente enterradas del cerebro, que nos entronca con nuestras raíces, con las tradiciones, con los rituales o con nuestro miedo al cambio, a lo novedoso.
Según el propio neurofisiológo Paul MacLean 'Aun tenemos en nuestras cabezas estructuras cerebrales muy parecidas a las del caballo y el cocodrilo'.
Por tanto, el  cerebro reptiliano regula las funciones fisiológicas involuntarias de nuestro cuerpo siendo el responsable de la parte más primitiva conocida como reflejo-respuesta. No piensa ni siente emociones, sólo actúa cuando nuestro cuerpo se lo pide, siendo responsable además del control hormonal,  la temperatura, el hambre, la  sed, y la respiración…









¿Pero por qué seguimos conservando esta parte de nuestro cerebro tan primitiva? 
Como ya sabemos, el cerebro humano está formado por varias zonas diferentes que evolucionaron en distintas épocas. Lo que ocurrió es que cuando el cerebro de nuestros antepasados crecía  y aparecía una nueva zona, generalmente la naturaleza no desechaba las antiguas; en vez de ello, las retenía, formándose la sección más reciente encima de ellas.  
Y de hecho, esas primitivas partes del cerebro humano siguen operando en concordancia con un estereotipado e instintivo conjunto de programas que proceden tanto de los mamíferos que habitaban en el suelo del bosque como, más atrás aún en el tiempo, de los toscos reptiles que dieron origen a los mamíferos. 

¿Cómo se relacionan estos tres cerebros (Cerebro Límbico, Cerebro Cortical y Reptiliano)? 
Encima del cerebro reptiliano, encontramos el sistema límbico, el almacén de nuestras emociones y recuerdos, y en él se encuentra la amígdala, considerada la base de la memoria afectiva. Entre las funciones y las motivaciones del  cerebro límbico están el miedo, la rabia, el amor maternal o las relaciones sociales.  Y por último, encima de este sistema encontraríamos el neocórtex o cerebro racional, que permite tener conciencia y controlar las emociones, mientras desarrolla capacidades cognitivas como la memorización, concentración, autoreflexión, resolución de problemas, habilidad de escoger el comportamiento adecuado…entre otros. Se trataría de la parte consciente de la persona, tanto a nivel fisiológico como emocional.
Como vemos a medida que el cerebro ha ido desarrollándose ha ido asumiendo capacidades aún más complejas, yendo desde lo más instintivo hasta lo más consciente y racional. Es por ello, que el primer y el segundo cerebro  se conocen como cerebro emocional inconsciente; y el tercero, como cerebro racional consciente.
Pero además, gran parte de la responsabilidad de conseguir un estado de salud integral en nuestro organismo recae en la amígdala (sistema límbico), que condiciona nuestros sistemas ejecutivos y de autocontrol emocional (neocórtex), a la vez que condiciona nuestra salud física (reptiliano).
Un ejemplo lo tenemos cuando el estrés se apodera de nosotros, ante esta situación nuestra  amígdala se activa, por lo que esta sobreactivación es interpretada como un funcionamiento fuera de lo habitual provocando que el cerebro no procese adecuadamente la información sensorial que le llega a través, principalmente, del oído, y de otros sentidos. Es entonces cuando la persona reacciona con impulsividad bloqueándose las funciones del neocórtex. Los sistemas ejecutivos y de autocontrol emocional, influirán negativamente en nuestro bienestar y, en consecuencia, en nuestro rendimiento.



¿Qué podemos concluir de todo esto? 
Sin duda, conocer el funcionamiento de nuestro cerebro puede ayudarnos a entender muchas cosas, entre ellas nuestra forma de comportarnos o relacionarnos, así como nuestras actitudes y nuestras respuestas.
Podemos entender entonces por ejemplo, que cuando algo nos amenaza (tanto sea real como imaginario) la amígdala, que forma parte de nuestro sistema límbico, activará una ruta neuronal de alerta, desactivando momentáneamente nuestra parte más racional y consciente, nuestro neocórtex, asumiendo el sistema límbico el control. En esos momentos la prioridad es la supervivencia relacionada con nuestra parte más primitiva, por lo que es menos necesario que nos paremos a pensar y reflexionar en situaciones de mucho estrés o miedo.
Y es que, si nuestra amenaza es un coche a alta velocidad, está muy bien no pararse a reflexionar y actuar por puro instinto apartándonos rápidamente del peligro (Huida) sin embargo, cuando esa amenaza es más compleja como una persona que nos mira mal, entonces también saltarán nuestras alarmas, pero esta vez puede que nuestra respuesta sea estar a la defensiva (Lucha).



Por ello la importancia de gestionar nuestras emociones correctamente, porque muchas veces nuestro cerebro interpreta situaciones cotidianas como amenazantes impidiéndonos reaccionar racionalmente, haciendo que nos bloqueemos o por el contrario huyamos. 
Necesitamos que nuestro neocórtex asuma el control sobre nosotros ayudándonos a  sopesar  si esa persona realmente tiene malas intenciones y que es lo más sensato y adecuado para nosotros. Ayudar a  que nuestro neocórtex retome el poder sobre mis propias circunstancias, me ayudará a relajarme, tranquilizarme y poder decir o hacer cosas que me beneficien, y en definitiva, demostrar todo aquello de lo que soy capaz.

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